Autor: Nicolás Navia.
La ciencia como institución ha demostrado un continuo avance en los últimos siglos, y ha conseguido dejar atrás muchos de los sesgos y prejuicios que la plagaban desde un principio. En nuestros días la ciencia es mucho más mesurada a la hora de informarnos sobre sus reportes del mundo, hay mayor conciencia de lo que significan sus descubrimientos y de lo que sería un error extraer de estos. Para dar un ejemplo, hoy en día los científicos son mucho más claros acerca de que el Big Bang no responde de ninguna manera a la interrogante sobre el comienzo del universo, los descubrimientos no revelan de ningún modo si hubo o no hubo algo antes de este evento.
Sin embargo, algunos de estos sesgos que ya deberían ser reliquias del pasado son mucho más difíciles de superar de lo que uno podría pensar, y si es difícil para la ciencia solo podemos imaginarnos como será para la percepción popular del pensamiento científico.
Uno de los ejemplos más interesantes puede verse en lo que el filósofo de la ciencia austriaco Karl Popper catalogó como el legado parmenídeo en las ciencias. Sin saberlo, muchos científicos en la historia habrían sido dirigidos en sus investigaciones por el espectro de un filósofo antiguo con una doctrina muy extraña, el filósofo griego Parménides.
Parménides fue uno de los primeros filósofos en intentar servirse puramente de la razón, ignorando en gran medida lo que nos dicen los sentidos. En su caso, esto dio como resultado una doctrina particularmente extraña y contraria a cualquier observación posible. El ser, lo que es, sería uno, indivisible, incambiante, eterno, homogéneo, sin comienzo ni final. El cambio, cuestión que obviamente plaga al mundo como lo entendemos, sería ilusorio.
Y es que si uno lo piensa, el cambio es una cosa bastante extraña para la forma en que varios pensamos, algo que no es llega a ser, algo que es deja de ser, ¿pero cómo ocurre tal cosa? ¿Cómo puede una cosa que no es empezar a ser? ¿De dónde sale? ¿Cómo puede una cosa que es simplemente desaparecer? ¿A dónde se va? Parece extraño plantear que el no-ser es un lugar en el que las cosas están cuando todavía no son, y a las que se van cuando dejan de ser, ya que, el no-ser no es ninguna cosa, no puede “ser” un lugar, no es nada en absoluto.
Este tipo de reflexión es muy parmenídea, Parménides justamente no podía, por ejemplo, concebir un comienzo del ser porque eso implicaría que viene del no-ser, y el no-ser es la nada, ¿cómo podría alguna cosa venir de ahí?
Si bien la doctrina de Parménides pasaría a ser una doctrina histórica curiosa, su lógica perduraría: los atomistas, por ejemplo, creerían que el cambio es real, pero reconocerían el problema que planteaba Parménides. La solución para ellos se encontraría en que lo único existente son átomos, partículas indivisibles que componen a todo lo observable, y espacio vacío (esta última inclusión es la mayor diferencia con la doctrina de Parménides). El cambio que percibimos macroscópicamente se debe en verdad al movimiento de estas partículas en el vacío.
Quizás es difícil ver como la lógica parmenídea subyace a esta solución, así que nos detendremos un poco en eso. Pensemos por un momento, ¿Cómo son los átomos? Los átomos son eternos, incambiantes, etc. Finalmente las cosas que son (los átomos) tienen muchas de las cualidades que para Parménides tenía que tener lógicamente el ser único que planteaba; subyacente al cambio, a la diferencia, tenemos seres permanentes, homogéneos, e incambiantes. En cierta manera, el cambio como lo describimos antes sería ilusorio, no es que las cosas pasen de una a otra, o que algo llegue a ser, o algo deje de ser, nosotros percibimos ilusoriamente eso, pero en realidad lo que es no ha comenzado a ser ni ha cambiado, simplemente se ha desplazado.
Esta forma de pensar influiría en el pensamiento científico de una manera impresionante, en muchos sentidos, si nos damos cuenta, por ejemplo, harto de lo que buscan los científicos son invariantes, las cosas que ante todo cambio y transformación percibida permanecen iguales.
Sin embargo, hartos de los prejuicios parmenídeos han tenido que ser superados debido a desarrollos más recientes de la física. El Big Bang que mencionamos antes es uno de ellos, la idea parmenídea plantea como dijimos una ausencia de cambio real, influenciada por ella varios pensaban que simplemente habían distribuciones diferentes de lo mismo dentro de este sistema estático y cerrado que es el universo, sin embargo, el Big Bang nos revela que el universo no es estático, no ha sido siempre el mismo ni será siempre igual, el universo está en constante expansión.
La misma conclusión del universo teniendo una tendencia y no permaneciendo estático la podemos ver en la termodinámica, el universo entero tiende a la entropía, este estado de desorden y mezcla que eventualmente haría imposible la vida humana.
También podemos referirnos a lo que ha ocurrido en la física cuántica. Antes de la medición, la posición de los electrones parece encontrarse en una especie de nube de probabilidades, una vez se mide se saca como resultado una posición específica. Esto ha llevado a la idea de indeterminación cuántica, antes se pensaba que un sistema físico tenía un estado determinado que determinaba únicamente todos los valores de sus propiedades medibles, y estos, a su vez, determinaban únicamente al estado. Sin embargo, la física cuántica parece implicar que hartos de los resultados de las mediciones son meramente probables, no están asegurados por el estado.
El determinismo siempre ha sido una doctrina muy claramente vinculada a la mentalidad parmenídea, este determinismo implica que si no podemos predecir exactamente un resultado es por falta de información, todo efecto se sigue necesariamente de su causa, y si un efecto distinto se sigue es porque la causa no es exactamente la misma, hay algún elemento en la cadena causal que es distinto. Si esto no fuera así, parecería que algo surge o es de cierta forma sin una razón real, y esto nos acerca peligrosamente a la idea de que es aleatorio, y por tanto, que un estado es uno en lugar de otro de la nada.
Habiendo visto estos ejemplos es necesario aclarar que Popper no pretendía presentar a la mentalidad parmenídea como algo necesariamente malo, sabemos de hecho que la búsqueda de invariantes ha sido central en el desarrollo de la ciencia, lo que Popper busca es que no confundamos esta tendencia y forma de pensar con la pura verdad, si hacemos esto, más que una tendencia que nos permita hacer descubrimientos se convertirá en un dogma que nos impedirá pensar ciertos problemas de forma novedosa. Y si hay alguna lección que pueda ser derivada de esta pequeña exposición es que justamente hay que evitar limitar a la ciencia, hay que evitar restringirla y erigir dogmas que no puedan ser cuestionados por ninguna observación o interpretación, ya hemos visto como en el pasado ciertos dogmas dificultaron su avance, dogmas que en su tiempo parecían tan evidentes como algunos aspectos de la mentalidad parmenídea.




