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Mario Gallo: cuando cantar de verdad sigue siendo el mejor espectáculo

Mario Gallo: cuando cantar de verdad sigue siendo el mejor espectáculo

Por Victoria Valdés.

Tras diez años de ausencia en Club Amanda, Mario Gallo regresó con un espectáculo que combinó romanticismo, humor y clásicos bailables. Una presentación donde su talento vocal y conexión con el público destacaron por sobre una puesta en escena que, por momentos, abusó de los recursos tecnológicos.

En tiempos en que la tecnología puede corregir una nota desafinada, multiplicar voces y convertir una pista pregrabada en un espectáculo, todavía hay artistas que apuestan por algo mucho más simple y, quizás, más difícil: cantar. Mario Gallo lo sabe y no tiene problemas en decirlo. “Para hacer esta música hay que cantar de verdad”, lanzó durante su presentación del sábado 24 de octubre en Club Amanda. Una frase que bien podría resumir el espíritu de una noche donde la voz, el carisma y la experiencia terminaron imponiéndose sobre cualquier artificio.

Después de diez años de ausencia en ese escenario, Gallo regresó para presentar su más reciente trabajo discográfico “Arcoiris”, en un espectáculo de una hora y veinte minutos que transitó entre la nostalgia, la reflexión y la fiesta. Y aunque hubo momentos en que la producción visual pareció querer robarse el protagonismo, el artista demostró que su mayor fortaleza sigue estando en aquello que ninguna pantalla puede reemplazar: la conexión con el público.

La puntualidad marcó el inicio de una presentación que no necesitó demasiados preámbulos. Con soltura, humor y una presencia escénica cultivada durante años, Gallo fue construyendo una conversación musical con sus seguidores. No se limitó a interpretar canciones; también compartió pequeñas reflexiones sobre la vida, el amor y el inevitable paso del tiempo.

“Somos como el vino, mientras más viejos, mejor”, comentó, reivindicando una madurez que parece sentarle bien. Y es que, lejos de intentar disimular los años, los convierte en parte de su propuesta artística. Hay una seguridad en su manera de habitar el escenario que difícilmente se improvisa.

Esa mirada más íntima encontró uno de sus momentos en “Cuando Habla un Sentimiento”, canción que sirvió de excusa para invitar al público a escuchar al corazón. Una declaración que, en otro contexto, podría parecer excesivamente romántica, pero que en su interpretación adquiere naturalidad gracias a la cercanía con la que conduce el espectáculo.

Cuando la tecnología compite con el artista

La puesta en escena buscó acompañar ese recorrido emocional con una combinación de inteligencia artificial, gráficas digitales y juegos de luces. Una apuesta contemporánea que evidencia la intención de actualizar el formato del espectáculo, aunque no siempre con los mejores resultados.

Las imágenes, por momentos demasiado veloces, generaron una saturación visual que distraía más de lo que aportaba. En lugar de potenciar determinadas canciones, terminaron compitiendo con la expresividad del intérprete. Y ahí aparece una paradoja interesante: mientras Gallo reivindica la autenticidad de la voz frente a los recursos tecnológicos de la industria musical, su propio espectáculo parece confiar demasiado en ellos para construir una experiencia visual.

No es una contradicción insalvable, pero sí una oportunidad de ajuste. Porque cuando un artista posee presencia, personalidad y oficio, la tecnología funciona mejor como acompañamiento que como protagonista.

La voz que se impuso a las pantallas

Uno de los puntos altos de la noche llegó de manera inesperada. Gallo sorprendió con una adaptación al español de You Make Me Feel Brand New, popularizada por Simply Red, conservando su coro en inglés. Una elección que le permitió explorar un registro más exigente, alejarse momentáneamente de la fórmula festiva y recordar que detrás del personaje escénico hay un cantante con recursos interpretativos.

La respuesta del público confirmó el acierto. Y fue solo después de terminar la canción cuando, con su característico sentido del humor, reconoció que el inglés no es precisamente su mayor fortaleza, explicando así su decisión de interpretarla mayoritariamente en español.

“Tenía que demostrar que canto”, señaló, antes de cuestionar el uso del autotune y las pistas pregrabadas en otras expresiones musicales. Su comentario, tan provocador como discutible, puso sobre la mesa una conversación que trasciende su espectáculo: ¿cuánto valor le damos hoy a la interpretación vocal en vivo?

La tecnología no es, por sí misma, enemiga del talento. Pero hay algo especialmente atractivo en escuchar a un artista asumir el desafío de una canción que exige más que actitud y una buena producción. Y esa noche Gallo encontró en su voz uno de sus argumentos más convincentes.

El oficio de saber entretener

Más allá de los aciertos musicales y de algunos excesos visuales, el espectáculo tuvo una virtud constante: nunca perdió su vocación de entretener.

Gallo maneja los tiempos, sabe introducir una canción, provocar una sonrisa y pasar de una reflexión sentimental a un momento de humor sin que el cambio resulte forzado. Esa capacidad de conducir al público es parte de un oficio que se construye con años de escenario y que no siempre recibe el reconocimiento que merece.

El cierre fue una demostración de aquello. Con “YMCA” y “La Música es Bailar”, el romanticismo cedió definitivamente el espacio a la celebración. La pista de Club Amanda se convirtió en una extensión natural del espectáculo, con un público dispuesto a seguir bailando incluso después de que terminara la presentación.

Fue un final coherente con la propuesta de un artista que entiende que la música no solo se escucha: también se recuerda, se comparte y se baila.

Mario Gallo no ofreció un espectáculo perfecto, pero sí uno con identidad. Su regreso a Club Amanda dejó en evidencia una voz que merece mayor protagonismo que las pantallas, una presencia escénica cautivadora y una complicidad con el público que permanece intacta.

En una industria obsesionada con la novedad, quizás su mayor mérito sea demostrar que la experiencia también puede ser un espectáculo en sí misma.

Porque las luces pueden apagarse, las pantallas dejar de proyectar y la tecnología seguir evolucionando, pero hay algo que no pasa de moda: un artista que sabe cantar y un público que todavía quiere escucharlo.

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